miércoles

(500) días y contando…

“¡A todo se acostumbra uno en esta vida!” –solía decir mi abue Manuel. Y la verdad, no estaba equivocado.
El día de ayer, casi a las siete de la mañana se cumplieron los primeros quinientos días desde aquella mañana en que llegué a Ciudad Juárez con una maleta llena hasta el tope de ropa, mis siete libros de Harry Potter, mi reproductor de mp3 y un teléfono celular con número foráneo; con la intención –y la esperanza- de vivir, aquí.



Los primeros treinta días, fueron negación. Me negaba a aceptar que estaba en este lugar. Todos y cada uno de los días llamaba a mis amigos de mi antigua ciudad. Todas las noches soñaba con conseguir un bonito trabajo rápido, ahorrar dinero e irme a mi adorada capital chihuahuense.
Después llego la ira. Luego, la resignación. La depresión, a la que correspondió un periodo creativo que no me dejaba dormir en paz; y luego, se repitió el ciclo.



Claro que a diferencia de la primera vez, tenía que haber un nuevo elemento. La frustración.
Busqué empleo, y al ser menor de edad, simplemente me decían: “no, gracias” o “por el momento no podemos contratarte” y así. Pero de todos modos, yo seguí buscando. Es decir, ¿luego de qué forma podría irme a Chihuahua?



Llegó el primer día de enero. Unos cuantos días después, mi cumpleaños número dieciocho. ¡Al fin podría abrir la puerta de los mayores de edad en la búsqueda de trabajo! Pero no fue así… al menos hasta marzo.
El mismo mes en que la muy esperada resignación llego a mí.
         Al siguiente mes, ya me sentía a gusto en esta ciudad. Para los últimos días de abril, presenté mi examen de admisión a la universidad.
         Para mayo, me anime realmente a conocer gente y a salir con personas –sobretodo a interesarme realmente en las personas- en lugar de anhelar a mis amigos (a quienes aún extraño). Para finales de ese mes, empecé mi primera relación –formalmente- juarense.
         En junio, fui a mi ciudad natal en la región centro sur del estado. Visite a mi familia. Me quedé a dormir una noche en casa de mi tía y otra en la de mi abuela. Volví a mi antigua prepa. También fui a casa de algunos de mis amigos, comí con ellos me tomé fotos y finalmente partí…
         … hacia Chihuahua capital, cómo era de esperarse. Aunque allí, únicamente me encontré con mi exnovia.



         No estuve más de tres horas con ella, pero fue revitalizante. Me hizo sentir bien, un poco más seguro, y con ganas de quedarme allí.
         Sin embargo, me di cuenta que ése, ya no es mi ambiente. Ya no es mi lugar. Cuando vives en otra ciudad, un tanto diferente; cambias. Quieras o no, cambias.
         Al cambiar tu entorno, cambia la forma en que percibes lo que te rodea. Antes no podía dormir cuando escucha las sirenas de las ambulancias o las patrullas. Hoy son como un lullaby para mí.
         Cuando regrese a mi casa, me di cuenta que aún estaba enamorado de ella. Y al mismo tiempo, deseaba permanecer aquí.  En medio de toda la violencia que se vive en esta frontera.
         Porque a pesar de todo lo malo, lo bueno es más. Por cada persona que muere en ciudad Juárez, te das cuenta que el resto valora más la vida.
         Por cada persona que sufre, hay cientos más que están dispuestas a abrirte sus brazos, su hogar y hasta su corazón.
         Por cada mala noticia que lees en el periódico, o que escuchas en el radio, o ves en la televisión; hay alguien dispuesto a sacarte una sonrisa.



         Juárez puede ser una de las ciudades más violentas de México, pero sin lugar a dudas es también la más calurosa, la más gentil y –perdonando el atrevimiento- la mejor para vivir.
Ciudad Juárez aún tiene esperanza. Amistad. Lealtad. Fe. Compañerismo. Y amor. Por eso, espero poder vivir otros quinientos días  más aquí. Y eso, lo mínimo.